sábado, 20 de octubre de 2012

FUIMOS A UN CAMPAMENTO...

Por azahares del destino, nos invitaron a un campamento a ir de Misiones en un lugar en la sierra, donde tendríamos que llevar nuestra casa de campaña. El único “mensaje” que mi familia y yo entendimos fue “vámonos de campamento” y la verdad es que nos encanta acampar.
​¡Oh sorpresa! No era para nada un campamento común. Estábamos en medio de la nada, respirando aire puro, viendo las estrellas… pero Cristo nos estaba esperando.
​En cada casita de una sola habitación y dos familias, en cada mirada de las mujeres abandonadas por sus esposos e hijos porque se fueron al norte (EU), en cada oración, ahí estaba Jesús. Cara a cara. Y no porque en nuestra gran ciudad no estuviera, pero el ruido de los carros, teléfonos, no nos dejan escucharlo. La luz de las luminarias, de la tv, de las computadoras, no nos deja verlo.
​Hasta que dejé todo lo material en mi casa y estuve llena de tierra, sin agua para bañarme, sin una gota de maquillaje, sin mi amado iPhone, sin internet, pude sentir a Jesús, mi Jesús que siempre había estado aquí, a mi lado, esperando pacientemente que volteara a verlo y yo nunca lo reconocí.

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